Dejemos de ser invisibles

Dejemos de ser invisibles

Es complicado hablar de historia de las mujeres en México porque por décadas fuimos invisibilizadas. Por años, no aparecimos en los libros de historia, no están nuestros nombres en innumerables calles de las ciudades del país o nuestras caras en pinturas colgadas en oficinas gubernamentales. Pero ahí estuvimos, siempre hemos estado en constante lucha, solo que como dijo Virginia Woolf “en la mayor parte de la historia, Anónimo era una mujer”.

Desde preescolar supimos que existían las Adelitas, nos vistieron con nuestras trenzas, rifles y el pecho lleno de municiones; además, “si Adelita se fuera con otro, la seguiría por tierra y por mar, si por mar en un buque de guerra, si por tierra en un tren militar”. Sin embargo, poco sabemos de Adela Velarde Pérez, Valentina Ramírez, Elisa Acuña Rosseti, Petra Herrera o Carmen Serdán.

Elena Poniatowska en su libro “Las soldaderas” hace mención del famoso corrido de Amelia Robles que habla de las mujeres soldados:

Aunque mi sexo no es propio
para ejercitar las armas,
cambié por este uniforme
desde hace tiempo mis faldas;
y me he jugado con gusto
la existencia en las campañas.

Toda mi gente, señor,
ha seguido su bandera,
su valor me ha hecho alcanzar
el grado de coronela;
es valiente y atrevida,
es franca, amable y sincera;

Nunca en las luchas pasadas
puso pies en polvadera;
no traigo ningún traidor
ni el hambre nos desespera,
cuente con ella y con mi alma
para conquistar la tierra.

Incluso podemos irnos más atrás en la historia, cuando a finales de 1800 las mujeres mexicanas tuvieron la audacia de comenzar sus propias publicaciones periodísticas, a insertar sus palabras en artículos y columnas, a construir y hacer públicas sus realidades, salir de su anonimato y hacerse ver en su sociedad, cuestionar sobre su propio papel en la vida diaria y la, muy constantemente llamada, condición femenina.

En México fue hasta 1953 que el gobierno, encabezado por Adolfo Ruiz Cortines, otorgó la calidad de ciudadanas a las mujeres y, con ello, el sufragio universal; pero le antecedieron décadas de lucha de audaces mujeres. Desde 1916, Hermila Galindo, secretaria particular de Venustiano Carranza envió un escrito en el que solicitaba derechos políticos para las mujeres. Un año después, en la Constituyente de 1917, se discutió el tema sin tener éxito. Incluso hubo una protesta firmada por más de 30 mujeres en contra del sufragio femenino, argumentando (entre muchas otras cosas) que como el cerebro de la mujer era más pequeño por la diferencia de peso entre los sexos, sus ideas también eran cortas.

Así pudiera seguir mencionando fechas, eventos, nombres e historias de mujeres que por años estuvieron en batalla para que yo tuviera hoy voz y la oportunidad de estar escribiendo esto. Sí, las luchas cambian, las necesidades son distintas, el dinamismo de la sociedad nos obliga a adecuar nuestras voces y estrategias, pero siempre con el mismo fin, llegar a tener un país en donde se respeten nuestros derechos, nuestras vidas. Falta un camino largo por recorrer, faltan más feministas en el congreso, en las calles, en las escuelas, y en los hogares, que nos muestren el recorrido de siglos de lucha por nuestros derechos, lucha que está lejos de terminar.

Foto recuperada de CNN México