
Nunca nadie hubiera esperado pasar tanto tiempo a merced de un virus. Nadie esperaba estar privado de tanto contacto con el mundo exterior y mucho menos aprender a vivir con ello. Sin embargo, este mundo ha sobrepasado dos guerras mundiales y quizá esta fue la tercera. Se vivieron meses donde cada nación tuvo que ser crítica y actuar de manera egoísta, no por querer serlo, sino porque para ayudar a los demás primero se debían proteger a sí mismos. Ahora bien, si fue retador para los países regular y adaptar sus propias normas a la situación sanitaria y todo lo que esto conllevaba, ¿cuál fue la magnitud del reto que enfrentaba el derecho internacional para proteger los derechos y garantías fundamentales ante una pandemia global?
Fronteras cerradas, comercio dañado y personas perdidas fueron los principales fenómenos que el conjunto de relaciones jurídicas debió solventar. La Organización Mundial de la Salud, como actor institucional normativo, a pesar de hoy en día contar con una relación efectiva con los Estados para evaluar escenarios en distintos territorios, expuso los primeros meses de contagio viral, que la ineficiencia y el margen de error dentro del ámbito legal internacional tiene repercusiones exponenciales que pueden definir la vida de millones en cuestión de segundos.
Dos años del comienzo de la pesadilla internacional, las sociedades serían bastante ingenuas al asumir que no se repetirán los hechos en un futuro, por lo que la OMS y sus miembros en pleno 2021 impulsaron un tratado internacional para afrontar nuevas pandemias, dándole un enfoque para reforzar las capacidades y la resiliencia del mundo, las naciones, y de cada región ante las pandemias por venir. Se reconoce que la mayor limitante fue la falta de información y el preciso intercambio de datos, tecnologías y recursos a lo que este tratado buscará poner puntos clave jurisdiccionales para evitar esta falla que lleva incluso mucho antes, contrarrestando iniciativas globales.
Hoy por hoy que conocemos el alcance de la cooperación, nos encontramos en un enigma sobre el porvenir de la humanidad, y hacer caso omiso solo nos acercará a una batalla que nadie está dispuesto a perder. El derecho de gentes o bien derecho internacional podría ser testigo de una nueva ética universal que involucra no sólo la transparencia, y el compromiso, sino un aumento en la responsabilidad entre los entes del sistema internacional, así como de los individuos que tratan de proteger.
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