La democracia adolescente

La democracia adolescente

Aunque usted no lo crea, la democracia en México no siempre estuvo allí. La lucha continua de diversas fuerzas sociales, políticas y culturales (sin importar ideología o sistema de creencias) que buscaban la democratización de la vida pública fue el factor determinante para el nacimiento de nuestra incipiente pero prometedora democracia mexicana.

Tres sucesos históricos, en opinión de un servidor, son los que dejaron ver los problemas del régimen autoritario y por los cuales surgió una corriente democrática para cambiar el panorama: 

  1. La matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968, marcando al movimiento estudiantil de la época con la mancha represora y autoritaria del gobierno. 
  2. El terremoto del 17 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México, el cual demostró la incompetencia de las autoridades frente a las adversidades reales y expeditas. 
  3. Los diversos fraudes electorales cometidos en la segunda mitad de la década de los ochenta, entre los que sobresalen el fraude de 1986 en Chihuahua y el de 1988 en la contienda presidencial, desenmascarando al poder de aquel entonces como uno profundamente antidemócrata.

Estos y muchos otros eventos alimentaron el deseo de miles de personas de transformar al régimen autoritario, incompetente y antidemócrata en uno liberal, funcional y democrático, en el cual la ciudadanía tuviera capacidad de voto para quitar a quien no sirve y libertad de expresión para criticar y llamarle la atención al poder.

Así es como a finales de la década de los ochenta, la sociedad civil, de la mano de intelectuales y políticos de oposición (de izquierda y derecha) como Cuauhtémoc Cárdenas, Don Luis H. Álvarez, Ifigenia Martínez, Manuel Clouthier, entre otros, manifestaron y exigieron el inicio de la democratización de la vida pública del país. A su vez, se venían desarrollando diversos procesos de alternancia, locales y regionales, en varias entidades federativas a lo largo del territorio nacional.

El cambio se gestó mediante una serie de reformas estructurales al sistema político mexicano: la fundación del Instituto Federal Electoral (IFE, ahora INE) en 1990; la fijación de un máximo de escaños que podía obtener un partido y de límites para evitar la sobrerrepresentación; el afianzamiento de autonomía de la Suprema Corte de Justicia al adquirir la facultad de ejercer el control de constitucionalidad; el otorgamiento de plena autonomía al IFE en 1997 y el fortalecimiento del Tribunal Federal Electoral; entre otros. Estos fueron sólo algunos de los cambios impulsados por la ciudadanía a través de la protesta y la exigencia popular de aquellos años.

El cambio se gestó con las elecciones de 1997 y las del año 2000. En las primeras, por primera vez en su historia, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) perdía la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, teniendo que legislar, negociar y ceder con el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD). En las segundas, Vicente Fox triunfaría en las elecciones presidenciales, siendo el primer presidente de alternancia en setenta años y desplazando el sistema de partido hegemónico.

Desde entonces, ha habido más cambios estructurales e institucionales que han permitido la germinación del sistema democrático fruto del proceso de apertura y de liberalización política: el otorgamiento de autonomía a diversos órganos (INEGI, COFECE, IFT, INAI, etc.), la Reforma Constitucional de Derechos Humanos de 2011, el fortalecimiento del ahora vigente Instituto Nacional Electoral para involucrarse en las elecciones locales, la apertura comercial, entre otros.

Ahora bien: este cambio no ha sido perfecto. Como un adolescente, la democracia mexicana tiene un potencial ilimitado, pero su relativa juventud la hace torpe e ingenua. Hemos visto sucesos trágicos y dolorosos en las últimas dos décadas de democracia liberal. Desde la incompetencia presidencial durante el inicio de la década de los 2000, pasando por la violencia generada durante la guerra contra el crimen organizado, así como la corrupción desmedida de la década de los 2010. No es de extrañar que la población se sintiese decepcionada y frustrada con esta lenta y cándida democracia.

Por lo anterior, llega una alternativa en 2018: una cuarta transformación que cambiaría la vida política del país para alcanzar el bienestar de todos los mexicanos, en contraposición de la indiferencia indolente de los partidos de la transición democrática.

Dos años y medio después, el panorama es desolador. Casi medio millón de muertos por la pandemia, de los cuales se pudieron haber evitado casi 200,000 según un informe comisionado por la OMS; desabasto de medicinas y quimioterapias para niños con cáncer; una debacle económica que ya se venía gestando desde antes de la crisis por la COVID-19; el despilfarro en “elefantes blancos” como el Aeropuerto de Santa Lucía, la Refinería de Dos Bocas y el Tren Maya (con el que se está destruyendo la selva); la pérdida de miles de millones de pesos de PEMEX, mientras la inversión en energías limpias se desprecia; la corrupción sigue de manera rampante dentro del círculo del presidente (Pío, Felipa, Sandoval, Bartlett, y pare usted de contar); los dos años y medio que lleva el actual sexenio son los más violentos de los que se tiene registro en la historia del país; se embate al Poder Judicial, al INE, y a los órganos autónomos por no someterse a los designios del presidente; se rompe la ley electoral a diestra y siniestra; se difama y descalifica a periodistas críticos del poder; el partido del gobierno en turno nomina a candidatos acusados de violación y se les defiende desde la mañanera; los feminicidios y los crímenes de odio continúan impunemente a pesar de los reclamos de las feministas y de la comunidad LGBTIQ+…

¿Tengo que decir más?

Toda esta tragedia sólo es un claro reflejo de que en Palacio Nacional hay un presidente autoritario, incompetente, y sobre todo: profundamente antidemócrata. Ante un claro retroceso encarnado en el gobierno federal, es responsabilidad de cada uno de nosotros el ejercer esa democracia que tanto le repele al máximo mandatario.

Y ojo: la democracia no sólo se ejerce votando para ponerle contrapesos reales en el poder legislativo. La democracia se ejerce haciendo conciencia del acontecer local y nacional con amigos y familiares; protestando ante los atropellos económicos, constitucionales y estructurales, no sólo los sociales; llamando a tu diputado o senador para hacerle saber lo que piensas sobre su desempeño, y pare usted de contar.

Al hacer todo lo anterior, uno defiende y hace defender a esta joven y adolescente democracia de las garras de quienes la desprecian. Dejemos que crezca y madure. Se lo debemos a nuestro futuro.

Foto de Arnaud Jaegers en Unsplash